Caminaba sola. No había un alma por las calles.
Noche fría, triste, solitaria. A lo lejos brillaba una luna tímida, menguante y
a punto de desaparecer. Junto a ella una estrella. Única y amargamente sola.
Sentimientos de incertidumbre, pero ya estaba acostumbrada, convivía con el
miedo aunque, poco a poco, comenzaba a transformarse en seguridad.
Pero esa noche el cerebro estaba inactivo, se dejaba llevar por la música que
escuchara, era maleable, impersonal y, al mismo tiempo, lleno de recuerdos que
estimulaban todo mi sistema nervioso.
¿Cómo reaccionar ante estos momentos en la vida? Sonreír o llorar, a tu
elección. Elegí una canción alegre y me puse a cantar.

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