Como la luna que
siempre esta ahí. Invisible al ojo de día excepto en ese momento en el que,
rebelde, se escapa, tenue, y sorprende a penas llegadas las 3 de la tarde. Me
cuesta reconocerlo pero, por suerte o por desgracia, soy como la luna.
Acostumbrada a brillar, siempre constante y segura. Siguiendo un ritmo, unas
reglas, unos patrones. Hasta que el reflejo del sol me sorprende a mitad de la
tarde y me pilla desnuda y fuera de mi contexto. Son esos los momentos en los
que toca improvisar, dejar de planear y tratar de lucir lo más hermosa y grande
posible. No importa que el sol brille por sí mismo, no importa pues yo, en
ocasiones, logro estar a la misma vez que él en el mismo cielo, sorprendiendo a
aquel que deje de mirarse el ombligo y mire mas allá de las estrellas. De mí se habla como "un cuerpo que enamora", bajo el que en una noche despejada se puede estar sin temer a la oscuridad pues, sin ser espléndida en mí misma, a veces, logro brillar más que el propio Sol.
Será optimismo, que no daño los ojos o tal vez que he estado en boca de casi todos los poetas pero soy como soy y ya me pueden sorprender a la 1, a las 2 o a las 10 de la noche que seguiré ahí, en cualquier estado de mi evolución pero siempre dispuesta a terminar mis fases y llegar a iluminar todo el cielo.
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