Todavía estaba ahí. Lo veía cada día. Un simple
cepillo de dientes. Un simple objeto transformado en un amuleto de esperanza.
Un amuleto que atraía los recuerdos, la felicidad y la nostalgia. Vi el cepillo de dientes, lo cogí, lo miré y volví a guardarlo. Me paré a pensar un poco. Volví a cogerlo, lo miré de nuevo y lo tiré a la basura. ¿Para qué tenerlo ahí, guardado, torturándome cada vez que abría el ropero del baño? Él no iba a volver quisiera o no. Yo no iba a permitir más juegos así que sus cosas aquí estaban de más.
Fue como cerrar un capítulo, abrir otro. Cerrarlo y abrir puertas, sin miedo, con cuidado y precisión.
Tengo nuevas expectativas y la esperanza no la he perdido.
Tengo momentos de locura, lo echo de menos y a veces miro el hueco que dejó el maldito cepillo pero, la mayoría de las veces, tras guardar el mío en el armario, sonrió, apago la luz del baño y continúo viviendo.
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