martes, 5 de marzo de 2013



Levántate y busca lo que quieres pues, tal vez, aquello que quieres también espera ser encontrado. Durante la búsqueda encontrarás distracciones, tropezones y demás impedimentos pero la lucha no será en vano cuando obtengas lo que deseas y por lo que has recorrido tantos kilómetros bajo millones de grados de temperatura distintos, miles de estaciones, cientos de lunas y otros tantos de soles.

Pelea contra cada adversario que quiera lo mismo y demuestra que lo tuyo es tuyo por mérito propio, que nadie te lo regaló y que nadie que luche igual o menos podrá arrebatártelo. Recuerda que la obtención de lo querido no significa que ya se haya ganado pues, en más ocasiones de las esperadas, la verdadera lucha comienza aquí, en la prevalencia de la posición.

Pero recuerda que si llevas demasiado tiempo persiguiendo lo que quieres sin obtener respuesta o una ralentización de su velocidad, tal vez estés corriendo en la dirección equivocada. Si ya tienes los zapatos rotos y los pies llenos de llagas, cambia el rumbo porque una cosa es luchar, persistir y resistir y, otra distinta, masacrarse, repetir y perecer.


No esperes a que te encuentren pues, tal vez, aquello que quieres también espera. 

jueves, 7 de febrero de 2013

Tal vez, ...

Se cierran las puertas, se cierran las ventanas, se cambia la cerradura y ya no puedes volver a entrar.
Mil giros de llaves, unos abrían y otros cerraban. Alguna intrusión por la ventana y alguna escapada por mi parte. Se acabaron las visitas, las noches cortas y los besos largos. Te lo advertí muchas, muchísimas veces y también me lo advertí a mí. Ahora pasamos de la advertencia a los hechos. Se acaban mis palabras y tus silencios. Se acaba mi sobreesfuerzo por adivinar lo que pensabas y el tuyo por fingir lo contrario de lo que sentías. Ahora solo queda asumir que la distancia es la única cura a algo tan intenso. La distancia y el tiempo. Asumir que no nos pertenecemos y que cada cual es libre para volver a abrir y cerrar cualquier ventana. 
Tal vez sea el momento de entregar la llave a otro, de dejarlo entrar en mi vida, en mi corazón. Tal vez sea el momento de hacer el amor con otro. Tal vez sea el momento de decir adiós. No más "hasta pronto" ni "hasta siempre"... nada que evoque a la esperanza. Algo conciso, escueto, sin palabras ni gestos. No hay más que decir y eso está muy claro. No hay más. Nada más. O eso me obligo a pensar para poder cerrar cualquier lugar desprotegido de improbables intrusiones. Aun así más vale prevenir que curar pues no quiero encontrarme pensando en ti cuando tengo a alguien que sueña conmigo. 

orgullo.


Y al fin y al cabo, ¿de qué nos sirve el orgullo? Para perder y alejar, perder y alejar, perder y alejar... Mantienes tu fachada con ladrillos de orgullo, sarcasmo y agresividad pero te falta el cemento que sostenga toda esa mentira que te estás creyendo. Entre los huecos sin cubrir se ve como no estás preparado para arriesgarte, prefieres la seguridad, no perdonas errores que tú mismo has cometido, no te enfrentas a la vida en el estado más puro, das vueltas entre tus pensamientos, te enredas en ideas y suposiciones, juegas a las adivinanzas, presupones el futuro basándote en el pasado. ¿Y cómo te vas a arriesgar así? Nadie en su sano juicio (queda clara mi evidente locura) lo haría teniendo en cuenta los infinitos vaivenes a los que has tenido que enfrentarte. Pero el problema no es el pasado. El pasado es una burda excusa para no cambiar. Siempre he oído que de los errores se aprende y los errores forman parte del pasado. Válete de éste para crear un futuro mejor. Cambiar no es malo, reconocer los errores no te hace débil,  intentarlo y fracasar no te hace torpe. Pero todo cambio comienza con un paso. Puedes empezar a derribar esa fachada insostenible que de un momento a otro podría derrumbarse hacia tu lado dejándote desprotegido y dañado. Porque, al fin y al cabo, el orgullo solo sirve para acabar perdido. 

lunes, 14 de enero de 2013

Jorge Bucay

 Cuando en una relación te das cuenta de que pudiendo evitarte una migaja de sufrimiento el otro no lo hace, es que todo se ha terminado.
Me despierto, desconcertada, no me queda muy claro dónde he amanecido ni cómo he llegado hasta aquí. Doy vueltas de campana y saco la cabeza de las sábanas y la neblina transitoria que pretende borrar recuerdos que, tarde o temprano, se colarán entre la bruma.
Desde la cama miro por la ventana pero no logro imaginarme la hora y, la verdad, me da igual, pues solo sé que todo está mal. 
Trato de concentrarme un poco sin conseguir a penas la mitad de la intención y me pregunto de quién coño será la culpa. Me pregunto si fuiste tú o fui yo. ¿A quién debo culpar? ... A estás alturas, a veces, prefiero someterme a la incertidumbre, ser esclava de la situación y mirar al frente donde, por capricho del destino, alguna absurda historia quiera volver a repetirse y yo, experimentada en la materia, le responda con la moraleja acortando así el camino, reduciendo los errores y aumentando en cierto modo el beneficio que me provocaron tus desplantes y mi maleabilidad haciéndome adicta al exceso y las mañanas de resaca. 


domingo, 23 de diciembre de 2012

Cambiar.


Tú dices que la gente no cambia que, haciendo alusión al refranero español, el que nace lechón muere cochino. Pero yo te pregunto: ¿jamás te ha hecho nadie cambiar?, ¿nunca has recordado tiempo atrás y te has dado cuenta de cómo eras y cómo eres?, ¿no has errado y rectificado?, ¿nunca has cambiado un ápice de tu personalidad? Yo sí. Yo cambié por aquel que me hizo daño, cambié por educación, cambié cuando aprendí y cuando descubrí que debía rectificar todas aquellas transformaciones que hicieron de mí un producto viciado tras tanta mala fe. He cambiado para bien y para mal, he avanzado, retrocedido y girado cerca de un billón de veces y si yo lo he hecho, ¿por qué no puede hacerlo otro también?
Cambiar es un don al alcance de todos: del que quiera y del que no. Las cosas cambian, la vida se transforma y todos avanzamos con ella. Buscamos el beneficio propio que de una forma u otra influye en el entorno y, por lo tanto, ese beneficio que al principio parece individual torna egoístamente a mutuo pues, si no doy, no recibo y viceversa.




Pero bueno, volviendo de nuevo al tema principal, repito la temática y reformulo la pregunta: ¿la gente cambia? Yo confío en que sí. Yo lo he hecho y tú también, entonces ¿por qué ves tan lejano el cambio de otra persona? Somos eso, personas, con ínfimas y abismales diferencias pero al fin y al cabo, personas. Cambiamos pero nunca solas. Las personas cambian si se sienten arropadas o si ven algo de esperanza y recompensa en esa transformación. Hay quien tiene la ventaja de encontrarse entre calor que promueve la evolución y hay quien ha de moverse en busca de ese cobijo que le aliente al cambio. Sea como sea, repito, la gente cambia, para bien y para mal. Valora cada intento, cada estocada y cada batalla ganada pues, no hay lucha más sangrienta que aquella en la que el adversario resulta tu propio reflejo. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Con todo mi odio. Con todo mi amor.

No escribiré nunca nada tan sincero como lo que voy a escribir ahora: te quiero.


Sí, te quiero, te sigo queriendo a pesar de todo. Te quiero con todo mi odio porque detesto saber que ya no nos pertenecemos ni nos perteneceremos nunca más pero que, a pesar de ello, mi corazón se empeña en no dejar de ser tuya y ocupar mi mente con tu recuerdo, que no pasa a ser fugaz por más que desesperadamente lo intente. 

You still have all of me