Desde la posicion en la que me encuentro puedo contar a penas 11 estrellas, una de ellas parpadea por lo que no estoy segura de que sea una estrella en realidad. Podría fingir que es una señal que me anima a actuar o un deseo perdido que busca dueño.
El cielo esta despejado y una nube tapa a penas la luna, creciente, en una semana se llenará. Eso me trae recuerdos, concretamente el tuyo y eso me entristece. Una noche más lejos de tu cuerpo. Una noche más sola en mi habitación. Debería estar acostumbrada o decidirme y superarlo pero no puedo o, mejor dicho, no quiero.
Podría fingir que esa estrella que parpadea es un deseo que debo pedir. Podría fingir que se va a cumplir y desear tenerte de nuevo aquí. Y, entre mentira y mentira, podría dejar otra vez mi orgullo en la cama y salir a buscarte con el fin de hacer ese deseo realidad.
También podría aguantar y esperar a que mires al cielo y busques alguna señal que te muestre el camino ha seguir. Tu también puedes fingir y venir a buscarme. Trae tu orgullo, jugaremos a gastarlo pues en ocasiones destroza el mío sin piedad ni arrepentimiento.
Juguemos fingir que el dolor es evitable. Juguemos a contar estrellas y a imaginar deseos.
Juguemos a actuar.
Juguemos a recordar que los deseos no se cumplen solos.
Juguemos al escondite y busquemos nuestra estrella, nuestro deseo.
Juguemos a perdonar, olvidar, mejorar y empezar.
lunes, 30 de julio de 2012
Con la melena
alborotada tras las horas caminadas, con los pies cansados y la sonrisa teñida
de llanto. Las gafas de sol puestas a pesar de haber caído el sol. Las mangas
de la camisa manchadas del rímel que, de
forma inútil, trataba de limpiar antes de que corrieran por sus mejillas.
Cada rincón de la
ciudad evocaba un recuerdo y un cóctel sentimientos de nostalgia, melancolía,
dolor y algo de agonía.
No había más que hacer. Todo había acabado y de la forma más trágica. Ya no había orgullo en sus ojos o, tal vez, nunca lo hubo.
No había más que hacer. Todo había acabado y de la forma más trágica. Ya no había orgullo en sus ojos o, tal vez, nunca lo hubo.
La soledad era algo
que curiosamente la hacía sentir mejor y a la vez peor.
Los silbidos callejeros la exaltaban, revolucionaban su alma y la hacían volver la vista atrás con la ilusión de verlo correr tras ella con la cara empañada en arrepentimiento, dolor y amor. Pero la esperanza era traicionera y punzante y conseguía desinflar su corazón hasta el punto de no sentirlo palpitar.
Era una desesperación pasiva la que sentía, una desesperación que no entendía de exaltación sino de parsimonia en cada acto, vagancia y lentitud. Toda ésta era la desesperación fÍsica.
La interior rozaba la locura pero por encima.
Hablar de locos en
el amor es como hablar de recuerdos y nostalgia, siempre van unidos. La
diferencia se encuentra en el nivel de locura, el nivel de nostalgia y el nivel
de desesperación. Y como todo en esta vida cada cosa en su medida es
perfectamente adecuada, el problema era que ella siempre se había decantado por
las cosas desproporcionadas.
Gracias a todos los
hombres que nos enseñaron a amar, luego a llorar, después a olvidar y
finalmente a desconfiar. Gracias a los que nos mostraron el miedo a la pérdida,
a errar y luego rectificar. Gracias a todos los que nos dijeron que sí y,
después de un polvo, que no. Gracias a los que nos convirtieron en “Cenicienta”
y a las 12 en una “princesa” más.
Gracias a los que
nos amaron hasta el final, a los que nos dejaron a mitad de camino y a los que
a penas comenzaron la carrera.
Gracias por hacernos
madurar, por demostrarnos que somos diferentes a vosotros, por “querernos a
vuestra manera” y por mostrarnos que realmente nadie nos enseña a amar mas que
nosotras mismas y nuestra capacidad de anteponeros a nosotras.
La leyenda de Bagger Vance
-¿Cuánto es lo bastante borracho?
+Depende de las células del cerebro.
-¿Del cerebro?
+Así es, con cada vaso de alcohol que tomas acabas con cientos de esas células, pero eso no importa mucho porque tenemos riñones. Primero mueren las de la tristeza, así que estás sonriente; luego mueren las del silencio y tooodo lo dices en voz alta aunque no haya ninguna razón pero eso no importa, no importa porque después mueren las de la estupidez y hablas con inteligentes... Y por último, las células de los recuerdos; ésas son difíciles de matar.
+Depende de las células del cerebro.
-¿Del cerebro?
+Así es, con cada vaso de alcohol que tomas acabas con cientos de esas células, pero eso no importa mucho porque tenemos riñones. Primero mueren las de la tristeza, así que estás sonriente; luego mueren las del silencio y tooodo lo dices en voz alta aunque no haya ninguna razón pero eso no importa, no importa porque después mueren las de la estupidez y hablas con inteligentes... Y por último, las células de los recuerdos; ésas son difíciles de matar.
Una sudadera vieja
que había perdido su olor, millones de recuerdos y el salado sabor del dolor.
Era lo que únicamente conservaba. Había perdido lo que más quería y todavía no
logro entender el porqué. Si lo di todo y más, si entregué mi corazón entero
arriesgándome a que me lo robaran y a que me lo rompieran. Así fue.
Los positivos dicen
que el que no arriesga, no gana. Yo no estoy para arriesgar en estos momentos.
La experiencia me ha hecho ver que apostar con el corazón es peligroso y que
solo a veces se gana. Yo ya voy tres a cero...
Adiós amor, adiós amigo, prometo que fuiste todo y más. Mi felicidad y mi tormento, pero es que las cosas son así. Somos diferentes, muy diferentes y en vez de complementarnos nos estampamos.
Adiós amor, adiós amigo, prometo que fuiste todo y más. Mi felicidad y mi tormento, pero es que las cosas son así. Somos diferentes, muy diferentes y en vez de complementarnos nos estampamos.
Echo de menos tu olor tu tacto y tus labios. Fuiste el único, eso desde luego, alegrabas mi alma. También la entristecías a veces, últimamente más de lo justo o conveniente y, finalmente, la rompiste.
Ahora mismo no hay rencor, solo arrepentimiento. Por no ser mejor pero, ¿cómo iba a saber lo que pasaría?, ¿cómo iba a saber que debía quererme a mí antes que a ti?, ¿cómo iba a saber que así no se actuaba? Te repito, fuiste el primero, el único.
Recuerdo el último beso que te pedí, no lo recibí. Recuerdo el último beso que me diste, creo que fue el que más me dolió. Ahora entiendo porqué es mejor no saber cual será el ultimo.
Aun así, sabiéndolo o no, añoraré cada uno de ellos.
Te echo de menos y es innegable. Sé que las palabras mienten y por ello te muestro los hechos.
Flaca de amor, cansada de dormir y con jaqueca y ojeras de no descansar.
Mientras, te quiero, tal vez más que nunca. Tal vez porque ya jamás te volveré a tener junto a mí. Solo dentro de mí, ya sabes donde. Guardadito y a salvo del dolor. Te quiero y, pase lo que pase, siempre le daré gracias al destino por hacerme tropezar contigo en el camino.
Jamás lo hubiera
besado así si hubiera sabido que ese sería nuestro último beso. Pero él no se
dejaba besar. Ya no se dejaba querer. Ya no había pasión cuando hacíamos el
amor y aunque yo lo sabía no lo quise ver. Es ridículo porque fueron infinitas
las veces que trató de decirme que yo ya no era su destino. Tal vez porque soy adicta al dolor, porque no
le oía decir todo lo que me quería salvo cuando discutíamos y estábamos a punto
de precipitarnos al vacío en aquel precipicio que tanto conocíamos ya y en el
cual llegamos a acampar más de días de la cuenta, pero aun así me bastaba.
Duele, más de lo que
creí pero menos de lo que esperaba. Alguna parte de mí sabía que esto no
acabaría bien, pero siempre traté de ser positiva y pensar que cada discusión
nos hacia más fuertes. Sin embargo no era así. Acabamos moribundos después de
tanta guerra. Acabamos y eso es lo que finalmente me mató.
Era un alma triste
para un corazón muerto. Una bala perdida. Un cuerpo inerte, sin esperanzas o
lleno de ellas, pero agotado de esperar algo que si en un año no había llegado,
dudo que fuera a llegar ahora. Antitéticamente el amor había podido conmigo.
Los dos queríamos a la misma persona y eso me ponía en una clara desventaja.
Tal vez fue mi
culpa, se lo di todo y cuando ya no tuve nada más que dar perdí el encanto y
esa magia que suelen desprender las cosas nuevas. Fuera de quien fuera este era
el final. El verdadero final de una serie de catastróficas desdichas llenas de
lágrimas y reencuentros.
De repente tuvimos
todo y de pronto, nada.
Nos dijimos adiós,
fríos, orgullosos y más afligidos que nunca.
Por siempre, hasta
nunca.
Recuerdo que
decíamos que seria para siempre, que nada podría con nosotros, que lucharíamos
contra todo lo que se nos pusiera en contra. Recuerdo que nos decíamos cuanto
nos amábamos, recordábamos el pasado y el largo camino que tuvimos que recorrer
para acabar juntos. Pero ahora todo se quedó aquí, en la pantalla de un móvil
viejo entre mis manos temblorosas. Ahora solo me quedan recuerdos. Tal vez era
eso lo que nos mantenía unidos, los recuerdos, tal vez era devoción, amor y
respeto a las promesas de ayer. No sé si nos duele más la distancia del futuro,
la incertidumbre del presente o la locura del pasado.
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